¿Por qué Punch y su osito nos generan tanta ternura? La psicología lo explica

La historia de Punch y su inseparable osito de peluche ha conmovido a miles de personas en el mundo a través de las redes sociales. Un pequeño macaco de tan solo siete meses, rechazado por sus pares animales en un zoológico de Japón encontró el afecto que necesitaba en un oso de peluche, al que se aferra y lleva para todos lados junto a él.
La imagen dio la vuelta al planeta y son miles de visitantes, conmovidos por la historia, que han visitado el recinto para ver al primate. Sin embargo, más allá de la anécdota tierna, este fenómeno revela aspectos profundos de la psicología humana: el apego, la necesidad de seguridad emocional y nuestra conexión con los objetos que simbolizan afecto.
Según la psicología del desarrollo, los seres humanos establecen vínculos afectivos no solo con personas, sino también con objetos que representan protección y compañía.
Irma Morales Reyes, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad del Alba explica que este fenómeno, definido como “objeto transicional, que son elementos —como un peluche o una manta— ayudan a regular la ansiedad, especialmente en momentos de estrés, cambios o soledad”.
“Cuando vemos a Punch aferrado a su osito, no solo observamos una escena adorable. Nuestro cerebro interpreta señales de vulnerabilidad y protección”, explica la experta. Dichas acciones son relevantes en la psicología emocional, activando mecanismos neuronales vinculados a la empatía y al cuidado.
El poder de la ternura
La ternura es una emoción social que favorece la cohesión y el cuidado. Estudios en neurociencia han demostrado que estímulos asociados a fragilidad —como un peluche o un gesto de apego— activan circuitos relacionados con la oxitocina, conocida como la “hormona del vínculo”.
Además, existe el llamado “baby schema effect” o efecto de rasgos infantiles, descrito por el etólogo Konrad Lorenz, que explica por qué reaccionamos con mayor sensibilidad ante características asociadas a la infancia: ternura, dependencia y suavidad. Un osito de peluche, por su forma y simbolismo, evoca precisamente esas características.
“Al ver al monito abrazando su osito Punch, nuestro cerebro activa el ‘baby schema’, despertando ternura y cuidado. Pero más allá de la emoción inmediata, esta escena refleja algo profundo: los primates, incluidos nosotros, compartimos la necesidad de vínculos afectivos para crecer y desarrollarnos”, destacó Irma Morales.
Además, la experta agregó que “la historia del monito nos recuerda que los lazos tempranos no solo generan seguridad y bienestar, sino que también son esenciales para aprender a relacionarnos y enfrentar el mundo con confianza. Sin embargo, cuando estos vínculos no se establecen, pueden aparecer dificultades emocionales, inseguridad y problemas en la regulación afectiva”.
Apego más allá de la infancia
Aunque solemos asociar los objetos de apego con niños, en realidad el vínculo emocional con objetos significativos persiste en la adultez. Fotografías, cartas, prendas o incluso recuerdos digitales cumplen funciones similares: nos conectan con experiencias de seguridad y afecto.
En contextos de incertidumbre —como cambios vitales, estrés laboral o exposición constante a noticias negativas— estas historias generan un efecto reparador. Nos recuerdan la necesidad universal de sentirnos acompañados.
“Aunque la infancia queda atrás, la necesidad de seguridad y contención persiste. En la adultez, los objetos transicionales —desde un muñeco querido hasta recuerdos significativos o rituales personales— cumplen una función esencial: nos ayudan a gestionar la ansiedad, enfrentar el estrés y sostenernos en momentos de incertidumbre”, afirmó la directora de la Escuela de Psicología de la U. del Alba.
Como señalaba Donald Winnicott, reconocido pediatra y psicoanalista británico, destacado por sus importantes aportes al psicoanálisis infantil y a la comprensión del desarrollo emocional temprano, ‘el objeto transicional ayuda al niño a vivir la ilusión de la omnipotencia mientras se separa de la madre’. “Esta misma función se mantiene simbólicamente en la adultez: nos conecta con la sensación de protección de nuestros primeros vínculos y nos recuerda que incluso frente a los desafíos de la vida, podemos sostenernos emocionalmente y cultivar resiliencia”, señaló la experta.
Un espejo emocional colectivo
La historia de Punch no solo habla de un vínculo individual; también refleja una necesidad colectiva. En tiempos donde predomina la hiperconectividad digital, escenas simples de apego auténtico despiertan una respuesta emocional compartida.
En definitiva, la ternura que sentimos no es casual. Es una expresión profunda de nuestra naturaleza social: necesitamos vínculos, seguridad y símbolos que nos recuerden que, incluso en la adultez, el deseo de protección y compañía sigue intacto.
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