Columna de Opinión: Educar desde el vínculo: La familia como corazón de la educación diferencial

La educación diferencial en Chile no nació de un día para otro. Se ha construido con los años, con esfuerzo, convicción y mucho compromiso humano. Ha sido un camino largo, marcado por cambios, aprendizajes y ajustes, donde la familia no fue un actor más, sino uno clave. Fue la voz que insistió cuando no había respuestas claras, el apoyo constante cuando los procesos se volvían difíciles y el primer espacio donde la inclusión empezó a tomar sentido.

Por mucho tiempo, las familias han estado en el centro de una relación fundamental entre la escuela, la comunidad y el Estado. Han ayudado a conectar lo que dicen las políticas educativas con lo que realmente viven niños, niñas y jóvenes en su día a día. Gracias a ese rol, la educación diferencial dejó de ser solo una respuesta asistencial y comenzó a entenderse como un derecho, poniendo en el centro la dignidad de las personas y el respeto por la infancia.

Hoy, esta rama pedagógica enfrenta nuevos desafíos. Ya no basta con tener normas o programas; se necesita que la corresponsabilidad entre escuela y familia sea real y concreta.

En este escenario, el rol del profesorado es fundamental. Son quienes desde la sala de clases hacen posible el encuentro, el diálogo y la confianza con las familias, transformando las orientaciones generales en acciones que tienen sentido para cada estudiante.

Llevar esta corresponsabilidad a la práctica no siempre es fácil. Implica escuchar, comprender contextos, reconocer saberes y construir acuerdos posibles. Para quienes trabajan en educación diferencial, esto significa combinar el conocimiento pedagógico con una mirada humana, sensible y respetuosa de las historias de cada hogar.

La familia no necesita saber de técnicas educativas, y la escuela no puede olvidar que el aprendizaje ocurre en la vida cotidiana. Cuando profesoras y profesores la reconocen como aliada, los procesos educativos se fortalecen y los apoyos se sostienen en el tiempo. La pedagogía para necesidades especiales cobra así su sentido más profundo: acompañar trayectorias distintas con respeto y cuidado.

Hoy el gran desafío es seguir fortaleciendo este vínculo. Para docentes, cuidar la relación entre educación diferencial y familia no es solo parte del trabajo pedagógico, es una responsabilidad ética con la infancia, con la diversidad y con el derecho de todas las personas a un aprendizaje de calidad. En esa alianza cotidiana se juega la posibilidad real de una educación más justa y verdaderamente inclusiva.

Por Yirda Romero Directora Carrera Pedagogía en Educación Diferencial UDLA Sede Viña del Mar.

 

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