La controversia que marcó la agenda durante las últimas semanas volvió a poner sobre la mesa un asunto que la comunidad científica consideraba zanjado hace tiempo: el negacionismo climático y su efecto sobre las decisiones públicas.
Para Gabriela Guevara Cue, académica del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de O’Higgins (UOH) y autora del Séptimo Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), conviene partir por una distinción básica: “un consenso científico no es una opinión más dentro de un abanico de posturas. La evidencia ya no habla de probabilidades, sino de certezas”, afirma, y recuerda que el último informe del IPCC calificó de “inequívoca” la influencia humana sobre el calentamiento global. Un consenso de ese nivel -agrega- no se rebate con pareceres: “la evidencia científica se debate con más evidencia científica. Y en este caso, la evidencia contraria simplemente no existe.”
La investigadora hace notar -además- una regularidad bastante conocida: “las dudas sobre consensos científicos bien establecidos, rara vez surgen en el vacío. Suelen aparecer en escenarios donde hay intereses en juego, no tanto para negar la evidencia de frente como para sugerir que el debate sigue abierto cuando ya no lo está”.
Ahí -señala la experta- se hace crítica la importancia de un punto que muchas veces queda fuera de la conversación: que la producción de conocimiento científico sea independiente de esos intereses. “Esa independencia es la que permite informar con libertad, incluso aquello que puede resultar inconveniente”, advierte.
Por lo mismo, para la académica UOH, la ciencia que informa a la política pública cumple una función concreta. “Reduce la incertidumbre para que las decisiones se tomen con esa evidencia a la vista y no sobre opiniones o conveniencia”, señala. Con ese valor -añade- viene una responsabilidad para quienes producen conocimiento. “Comunicarlo con claridad, incluso cuando hacerlo, incomoda. Porque cuando quienes manejan la información la dejan en la ambigüedad, esa duda no se queda en lo abstracto”, puntualiza.
“El costo de no decidir bien en escenarios de alta incertidumbre, pero teniendo a mano lo que la ciencia ya ofrece, rara vez lo asumen los científicos o quienes toman las decisiones. Lo terminan pagando las personas, generalmente las más vulnerables, y a veces se traduce incluso en pérdida de vidas”, agrega la experta.
“Ese riesgo, en Chile, ya es visible. Nada de esto es especulación; es lo que ya está ocurriendo”, destaca la Dra. Guevara.
Por eso -concluye- reconocer el negacionismo y nombrar el valor del conocimiento científico no es un gesto corporativo de la academia, sino una condición para decidir mejor. “Cuando la duda reemplaza a la evidencia, el costo no se mide en titulares, sino en decisiones que se postergan y, ese retraso, habitualmente no lo paga quien sembró la duda”.









